A 50 AÑOS DEL GOLPE

A 50 años de la noche de los lápices, vivir para contarlo

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Pablo Díaz fue un sobreviviente de lo que él denominó: “La noche de los lápices” durante la última dictadura militar. En septiembre de 1976 se llevó a cabo el secuestro sistemático de estudiantes secundarios, donde diez de ellos fueron derivados al pozo de Banfield" "para el traslado final a la desaparición eterna. Éramos los que íbamos a ser el castigo y los que íbamos a generar la incertidumbre. Porque éramos de diferentes escuelas y generaríamos un efecto dominó para que un padre o una madre diga: ‘mirá lo que te va a pasar, no vayas’”, recordó Pablo Díaz. María Claudia Falcone (16 años), Francisco López Muntaner (16), María Clara Ciocchini (18), Horacio Ungaro (17), Daniel Racero (18) y Claudio de Acha (18), a 50 años de su secuestro, continúan desaparecidos. Mientras que Emilce Moler, Patricia Miranda, Gustavo Calotti y el propio Díaz sobrevivieron. Actualmente, en el conurbano bonaerense, 32 escuelas cuentan con un altar de Claudia Falcone, donde alumnas y alumnos se acercan a pedirle por amor y ponerle diferentes expectativas para sobrevivir. ¿Por qué? “Porque peleó por ellos”, afirmó Pablo Díaz.

Hijo de madre radical, oriunda de Carhué, y padre peronista, de Corrientes, Pablo Díaz se crió en el seno de una familia de siete hermanos de clase media alta, que vivía en el centro urbano de la ciudad de La Plata. “Tuve todas las oportunidades económicas o de infraestructura necesarias cubiertas de lo que se conoce como consumo”, reconoció. Sumado a que su casa estaba sobre la calle 10 entre 40 y 41 (donde nacieron los muñecos de fin de año), que “no es una esquina cualquiera, sino una que aglutinaba a muchos chicos del barrio como banda de 12, 11 años. A unas cuadras estaba la Plaza Italia donde se generaba la manifestación del peronismo. Nosotros veíamos un folclore peronista de bombos, de manifestación, de instancia social muy diferente a la nuestra desde ese punto de vista. Cuando íbamos a ver a nuestros hermanos a la facultad veíamos que había grandes carteles de agrupaciones políticas partidarias o llamados a votar por el centro de estudiantes. Entonces, en esa banda de chicos que íbamos a ir a escuelas secundarias diferentes dijimos: ‘Che, ¿por qué no hacemos un centro de estudiantes secundario?’”, rememoró.

—¿Cómo era su vida antes de ese 16 de septiembre de 1976?
“Había cosas de mi familia que no me gustaban: no eran solidarios, se hablaba de los pobres y de los negros como una instancia discriminatoria: no te juntes, no vayas. Entonces en el primer año de la secundaria (en aquella época eran 9 años primarios y 3 de secundaria) nosotros hicimos un petitorio que íbamos a ir a diferentes escuelas pidiendo los centros de estudiantes. Teníamos un pensamiento crítico muy importante de saber a los 16, 15 o 14 años dónde y cómo queríamos vivir. Entonces, en 1973 hicimos la primera manifestación. En la primaria fui al Colegio Estrada, dependiente del Arzobispado de La Plata, que es donde me expulsaron por querer hacer el centro de estudiantes y pasé a un colegio que le decían La Legión -se llamaba Colegio España, aunque hoy se llama La Legión- porque éramos repetidores y expulsados. Al año siguiente, logramos que se conformaran centros de estudiantes en 19 escuelas del ámbito de la Ciudad de La Plata, Berisso y Ensenada”.

—¿Cómo surgió la lucha por el boleto estudiantil secundario?
“Nace en la ciudad de La Plata producto de una crisis económica profunda, pero ¿qué producía el costo del boleto? El abandono. Una vez en el centro de estudiantes de la Legión propusimos entrar desnudos a la escuela. ¿Por qué? Porque lo llevamos a una instancia ideológica para que vean la vestimenta era un costo y que ese costo tenía que salir de una instancia de los derechos porque muchos estaban abandonados; el boleto estudiantil secundario nace como una instancia gremial, política, económica y social. Porque los padres cuando tienen una separación violenta creen que un adolescente no los escucha, pero nosotros escuchábamos las tensiones de nuestras casas. Entonces teníamos que colaborar en el ahorro de nuestras familias, en la instancia económica eso fue el boleto estudiantil. En 1975, diez mil estudiantes secundarios salimos a marchar y fuimos reprimidos”.

—¿Cómo repercutió el golpe militar en los estudiantes en La Plata?
“Era muy intenso el tema de la relación grupal. Cuando vino el golpe (24/3/76) se cerraron los centros de estudiantes, se prohibió caminar más de tres adolescentes por la calle y también los recitales de música. Todo lo grupal de los jóvenes estaba prohibido. En agosto de 1976, nosotros pintábamos en el baño o dentro de la escuela de noche ‘fuera la dictadura militar’, ‘la apertura de los centros estudiantes’. Que terminó con la represión en los sectores sociales universitarios, barriales, gremiales en la ciudad. Un subcomisario, el mayor Alfredo Fernández, planteó el castigo de la paralización del sector universitario en las escuelas. Si se presta atención, en la ficha de detención de Claudia, dice: ‘María Claudia Falcón, de 16 años, grado de peligrosidad: mínima. Pero en observaciones dice: ‘capacidad organizativa, pensamiento crítico’ (VER FOTO). Nosotros íbamos a ser resistencia en la universidad, en el trabajo y en el barrio; ahí radicaba el foco de peligro para ellos, que nos veían como potenciales subversivos”.

—Mencionó la represión y ese binomio de protesta y represión viene desde hace años...
“Creo que la protesta es una instancia de visibilidad en un conflicto a resolver, no a reprimir y la creo válida en la democracia”.

—¿Considera que el traspaso de ‘La noche de los lápices’ al cine ayudó a concientizar o simplificó demasiado la complejidad de su militancia?
“Yo hice la película ‘La noche de los lápices’ con la intención de institucionalizar la participación en la democracia, pero los adultos lo utilizaron para condicionar a sus hijos. Pero empezó antes, cuando ingresé a la CONADEP por una instancia de juramento de mis compañeros desaparecidos del pozo de Banfield; ahí empecé con un abogado que se llamaba Gerardo Taratuto con quien laburamos juntos en el tema de la reconstrucción y yo le puse la noche de los lápices. En la ciudad de La Plata fuimos cerca de 100 a quienes se los interrogaba por horas, por días… Nosotros estuvimos más de 100 días juntos porque nos pusieron al cuidado de las mujeres embarazadas en el Pozo de Banfield y el último nacimiento fue en diciembre”.

—¿Y cómo hizo para resistir durante esos cuatro años de cautiverio?
“Cuando me sacaron del pozo de Banfield, fui a otro centro clandestino a recuperarme físicamente. Porque yo no caminaba y pesaba muy poquito, porque no comíamos. Cuando fui a un centro clandestino de recuperación, que me sacaban un ratito a tomar sol, porque en el pozo de Banfield nosotros no teníamos una instancia de día y de noche, sino de tiempo. No sabía que había pasado tantos meses cuando me dijeron que era 28 de diciembre. Nunca supe qué día era y ni tampoco si era de día o de noche. Era una cuestión de tiempo”.

—¿Cómo se enteró que iba a sobrevivir?
“En mi primario fui a la escuela del Arzobispado de La Plata porque mis padres eran donantes de la iglesia e iban a la misa. Cuando mis padres entendieron que la decisión de la vida y la muerte estaba en un grupo de militares -acuérdense que mi papá era de Corrientes como los generales, Diaz Besone, Menéndez- el arzobispo de La Plata mandó a llamar a mi papá y le dijo: ‘Vení, pero no vengas con tu esposa’. Él fue a una dirección y lo recibió un coronel. Y mi mamá me dijo que hubo una pérdida de bienes, un campo que mi papá pagó como un secuestro extorsivo. Que figura como una donación a la persona, pero es un secuestro extorsivo. Porque ese coronel actuó en función de mi salvoconducto. Cuando me sacaron, vino el mayor Peña de la décima brigada de infantería, se identificó como tal, y me dijo que me había llegado un salvoconducto, pero que no podía nunca más hablar de lo que había visto y pasado. En marzo de 1977, me trasladaron a la unidad número 9 de La Plata, donde un penitenciario tiró por debajo de la puerta de mi casa, que yo estaba ahí. Un penitenciario que conocía de la barra brava de Estudiantes”.

—¿Y en la Unidad 9 pudo recibir visitas?
“Sí. Vinieron mi mamá y mis hermanas. Mi papá no vino nunca. En una visita le dije a mi hermana mayor, ‘andá a la casa de Claudia Falcone y decile que yo estoy bien’. Porque cuando tuve la despedida con ellos, ellos creían que yo iba a salir en libertad. Cuando yo aparecí en un centro clandestino y en la cárcel, dije, ‘no, ellos son los que salían’. Porque una de las costumbres que había era dejar a los estudiantes secundarios, a los adolescentes, en la esquina de sus casas… Cuando mi hermana mayor fue a la casa de Claudia, tocó el timbre, en 8 y 60, también, centro urbano. Acuérdense que la escuela de arte está a media cuadra, donde ella iba. Salió el padre, y mi hermana le dijo, ‘¿está Claudia?’. Para el padre era la primera noticia de alguien que había estado con Claudia desde su desaparición. Entonces le dijo, ‘¿quién es usted?’ Mi hermana dudó y le dijo, ‘soy la hermana de Pablo Díaz. Mi hermano estuvo con ella y quiere decirle que está bien’. Y el padre le dijo que pase porque Claudia no había aparecido. En la visita próxima, yo la vi a mi hermana lagrimeando. Le dije, ¿fuiste a la casa de Claudia? Y me respondió, ‘Claudia no apareció’. Cuando volví a la celda empecé a entender lo que había vivido”.

—¿Cómo fue su vida a partir de su liberación?
“Muy apurada. En 1982 me anoté para ir a Malvinas voluntariamente. Fui a la décima brigada de infantería en Diagonal 80 y dije: ‘me quiero anotar como voluntario’. El ejército me mandó un agradecimiento, pero que no lo hacían efectivo... Mucho tiempo después, estuve a cargo de la central técnica de Barragán, donde había doce compañeros de trabajo de Luz y Fuerza que no tenían la secundaria. Entonces, en mi relación con los gobiernos de turno de la provincia, pedí el FinES virtual. Porque ellos no podían ir a un FinES presencial. Porque entran a las 6 de la mañana y tienen turnos rotativos durante 8 horas u 11. Llegaban a sus casas ya adultos, muy cansados por tener familia. Entonces cuando estuve con los 12, dándoles la orden, me dijo uno, ‘¿y vos?’. Le respondí que no, porque ‘mis compañeros no se recibieron, no terminaron la secundaria. Entonces tampoco la voy a terminar’. Y uno, me contestó: ‘fugate para adelante, que se reciban con vos’. Entonces me anoté. Y me recibí con la regla de tres simple, aunque para mi nos recibimos todos”.


—¿Qué opinión tiene ante los discursos actuales que relativizan o niegan los crímenes de la dictadura?
“A la mayoría de los chicos les pregunto si en sus casas, en la sobremesa familiar, se ha puesto en debate lo cuantitativo de los desaparecidos. Entonces me dicen, ‘sí, mi papá dice que no son 30.000’. Entonces yo le digo, ‘bueno, ¿cuántos dice que son? 9.000. Hagamos un taller. Cierren los ojos y pongan 9.000 personas en fila. A la primera desnúdenla, viólenla -tantas veces como quieran-, denle picana eléctrica en los pechos, en la vagina y en el pene. Y después quémenla. A las cuatro restantes van a estar cansados físicamente. ¿A quién llaman para que los ayuden con el resto? ¿A su abuelo? ¿A su abuela? ¿A su mamá? ¿A su papá? ¿A su novio? ¿A su hijo? ¿A quién llamarían? Ahora vuelvan. Si no les dio horror la primera, tenemos un problema moral. Porque el horror no es cuantitativo. El horror es sobre la primera víctima”.

—En sus charlas a estudiantes, ¿qué mensaje les deja a esos jóvenes o a esos militantes? ¿Y qué le llega a usted de ellos?
“Creo que primero tengo que consolidar el amor. Porque la mayoría de los jóvenes viven en una instancia social pobre con conflictos sociales bravos. Cuando vos tenés un conflicto social que se puede representar en soledad, abuso, maltrato, en enfermedades de tus padres, en no tener una economía estable de tus padres que estén trabajando, creo que la vida se te representa sin belleza. Entonces me preguntan, ‘pero Pablo ¿dónde encuentro a la vida bella?’ ‘En el amor’. Un momento donde exista la posibilidad de tener sensibilidad social para que todos sean felices. En ese conflicto social tiene que haber una instancia de tener a alguien que esté al lado tuyo. Una de las cosas que me genera rechazo es la violencia porque la tengo en mi piel porque fui torturado y la tengo en mi alma porque tengo ausencias. Entonces yo les digo que no sé si estaría con Claudia, pero tenía el derecho de vivir, de tener una familia”.

—¿Por qué hizo la película ‘La noche de los lápices’?
“’La noche de los lápices’ no la hice para la gente, la hice para volverla a ver a Claudia a través de una actriz. Entonces yo le digo hoy: yo tengo una fantasía y un miedo. Mi fantasía es que cuando la naturaleza me lleve, volverlos a ver y preguntarles si como el que sobrevivió hice todo lo posible para que ellos tengan identidad, aparezcan y se los conozcan. Voy a pasar el examen con un 4; nunca fui buen alumno. Y mi miedo es que, cuando la naturaleza me lleve, volverla a ver a Claudia con sus 16 años y yo ir con mi vejez. Me agarraría de la mano y me diría que soy un boludo y nos iríamos caminando juntos”.

—¿Y qué le diría el actual Pablo Díaz a ese Pablo Díaz adolescente?
“Hay varios Pablo Díaz… Le diría que, en principio, tengo la calma de saber que hice lo que tenía que hacer pero después me pasaron cosas muy difíciles. Yo tengo un hijo que me nació el 24 de marzo. ¿Por qué me nace un hijo el 24 de marzo? ¿Para que yo lo sufra o para que yo lo disfrute?”.

—Quizás para sanar…
“Sí, para sanar”.


Las 5 de las 5/02: Ping pong con Pablo Díaz

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