El arte de Alejandro Marmo brota de lo cotidiano: de esos instantes de introspección
mientras viajamos del paisaje interior de una persona común enfrentada a su tiempo,
ese territorio íntimo donde no existen imposibles como emplazar las imponentes
estructuras de hierro con la figura de Eva Perón en las fachadas norte y sur del edificio
del ex Ministerio de Obras Públicas (MOP), también llamado Edificio del
Ministerio de
la Salud y de Desarrollo Social, actualmente, dependiente del Ministerio de Capital
Humano. Con el desarraigo como inspiración se nutrió del legado de su padre y del
dolor por el desguace industrial de los años 90, transformando la desolación social en
un último bastión de belleza.
-¿Cómo surgió el proyecto de la obra de Eva Perón que está en el Ministerio de Salud
y Desarrollo Social?
“Planteé desde mi curiosidad. Evita está en un lugar como Figueroa Alcorta, frente a la
Biblioteca Nacional. ¡Qué lugar horrible para dejar el mensaje ese! Porque la verdad
que era disonante el mensaje con el espacio público. Sin tener ninguna noción de nada,
fue todo intuición, hice un boceto de una obra dibujada como pude y, a partir de ahí, la idea
empieza a circular. Llega a los espacios de decisión, y un día aparece el
llamado, me dicen ‘estamos interesados’. Entonces, es todo un proceso de trabajo, de
consenso, y en definitiva mi conclusión es que uno no hizo nada. ¿Sabés quién hizo
todo? El amor que dejó Evita en el pueblo, que colocó esa postal ahí. O sea, uno es un
soldado invisible que impulsa este amor social que tiene el pueblo hacia la figura de
Evita, y el mural quedó de ese modo, sin ningún tipo de esfuerzo. Se dio todo para
que
el mural exista, pero desde lo práctico es imposible poner un trabajo así en un espacio
público, por todas las cosas que se tienen que dar juntas. Y en el medio, un cardenal de
Buenos Aires (Papa Francisco) que escuchaba todo este relato, y me decía, ‘yo ya me
estoy yendo de este mundo, pero me encanta; contame cómo va el proceso’, y yo iba y
le contaba, y él me decía, ‘bueno, dale, no bajes los brazos, dale para adelante, confiá.
Dentro de 50 años se va a estudiar en profundidad’. El mural de Evita es un testimonio
histórico de un espacio de la historia argentina que tuvo ingredientes únicos,
irrepetibles. Un Papa, un movimiento obrero punzante, de derechos, trabajo,
producción, necesidad del espacio público de emoción popular. Uno tiene que seguir
trabajando en silencio, callarse la boca y que la obra hable”..
"Hay que saber ver en lo invisible". Alejandro Marmo
-¿Cuánto tiempo te llevó ese proceso?
“El tiempo en trabajos de ese estilo no tiene una medida física que la podés mensurar
con, ‘me llevó cinco años, dos años, tres meses’. Porque el armado y el montaje pudo
haber durado un año. Pero todo esto que conté, fue desde finales de los 90, entonces
duró 30 años. Cuando se hace un análisis de una obra tan grande, tan icónica en el
espacio público, lo que pasa es que se tienen que analizar los últimos 50 años de un
hecho así. Y ahí se va a entender que las cosas se construyen a medida que la historia
va necesitando componentes. Se construye con la energía social que va pidiendo
testimonio. El tiempo es una medida muy relativa para eso. Tiene su propio tiempo la
obra”.
-Te definís como un trabajador y no cómo un artista, ¿por qué?
“Al tener un linaje de trabajo por mis viejos, que fueron inmigrantes, me vinculé
directamente con el mundo del trabajo. Nunca busqué legitimar lo que hacía a través
del mundillo elitista del arte. La fábrica para mí era un templo donde podía dialogar, en
ese lenguaje del trabajo, frente a los desocupados de las fábricas recuperadas, que
habían quedado fuera del sistema, que habían tomado las fábricas en reclamo de ese
vacío que había quedado a finales de los ‘90. Y me puse a hacer esculturas con ellos.
Entonces, le pusimos a ese proyecto “Arte en las fábricas”, porque era la manera de
que las fábricas se transformen en un espacio de resistencia, de entusiasmo, de
evangelizar esta cultura del trabajo. A partir de ahí, ese concepto se fue solidificando;
pero como nadie me daba cabida, ni a ellos menos, agarraba los espacios públicos del
conurbano y metía las obras hechas con descarte, con la ayuda de los trabajadores que
estaban desempleados y tomando la fábrica, sin ninguna agenda concreta. La
escultura era un punto de encuentro para replantearnos todo. ¿Qué hacer con la
familia? ¿Qué hacer cuando te quedas sin laburo? Cada uno contaba su historia. Así se
formó el concepto de arte en las fábricas”.
-¿Cómo se forjó tu relación con el arte?
“El arte aparece en ese puente que va de lo ancestral del dolor que traen mis padres,
con la Segunda Guerra Mundial, con el genocidio armenio, a la mirada de un chico del
conurbano que nació de casualidad, porque eran muy grandes mis padres cuando nací,
y ver qué hago con todas esas tristezas que no eran mías. ¿A dónde las pongo? Bueno,
las canalicé en el mundo imaginario del arte. Sin saberlo, ¿no? Porque siempre mi
mundo estuvo vinculado al trabajo, no al arte”.
"La emoción marginal te da una sensibilidad especial". Alejandro Marmo
-¿Dónde encontrás la inspiración?
“Creo que el dolor fue una gran inspiración. Cuando sos hijo de inmigrantes, sin querer,
te transmiten un desarraigo. Y ese desarraigo, en la medida que un niño lo sepa
administrar, es mucha información, porque te hablan de otro país, te hablan de otra
cultura, te hablan del dolor. A mí eso me impactó de chico. Mi trabajo se extrapoló a
Europa muy fuerte. No es casualidad, porque uno fue a reparar ese dolor a la tierra que
mis padres abandonaron con mucho dolor y dejó obras muy significativas. Por ejemplo,
el abrazo en el aeropuerto de Fiumicino, la obra en el Vaticano. Obras muy fuertes,
muy contundentes, con el mismo mensaje. La transformación del descarte. Entonces,
mirá lo que el dolor puede hacer para construir belleza. Hay una estética industrial del
hierro, del trabajo, del obrero, que une lo que es el simbolismo social con lo
popular”.
-¿Cómo lográs conectar ese simbolismo social con lo popular?
“Cuando te ves como obrero de la obra, ahí hay una información. Las obras están
hechas, y los obreros tenemos que saber interpretar esa obra invisible que está
colocada. Hay que saber ver en lo invisible. Entonces, el estadio de Obras
Sanitarias
significa mucho para nuestras generaciones. Ahí construimos ese amor invisible y
decimos, cada vez que pasamos por Obras, ‘esto es un templo’; me acuerdo cuando
vine a ver a Sumo, a Charly García, pero lo dejamos en el aire. Bueno, hay un obrero
que dice, ‘che, pará, esto está en el aire, vamos a darle volumen’”.
"Admiro al tipo o a la mujer que sale a la mañana, mantiene a su familia y no sale en ningún lado". Alejandro Marmo
-¿Hay que tener una sensibilidad particular o hay que estar atento a mirar lo
invisible?
“La emoción marginal te da una sensibilidad especial. Cuando uno transita a lugares
como la tristeza, la decepción, el desencuentro, ese estado te da una información para
ver cosas. Creo que todos podemos llegar a eso. Hay que bancarse los agujeros negros
de la vida. Y, a veces, es difícil meterte en el agujero negro y trabajar la decepción
como un recurso y no decir: ‘uy, ¿por qué a mí?’. Te tocó porque tenés que ver algo. Me
banqué esas situaciones y después se transformó en un método. No es lo mismo ver
una virgencita de yeso que ver una que venga del descarte, de la basura, de lo que se
tiró y emplazada en el Vaticano. Digo, es el lugar más poético para una situación de
desolación. Porque ese material estaba arrumbado, tirado en un lugar que era una
fábrica sin ninguna luz y, de pronto, ese mismo material termina en el lugar de máxima
visibilidad del arte, por lo menos del arte del Renacimiento. Porque la magia social se
construye sola. Uno debe tener la claridad de manejar el ego para entender que es uno
más en el ejército hacedor de esa magia.
-¿Qué te genera ver tus obras expuestas en el Vaticano?
“Yo soy padre de tres pibes. Cuando sos padre, te das cuenta que sos un cuatro de
copas, pero en el mejor sentido. No te deja en primera fila nunca más. Ya no sos un
genio en lo que hagas. El genio es tu hijo o las preocupaciones que tenés por mantener
a tu hijo. El ser padre me parece que nos coloca en un lugar distinto frente a todo.
Entonces, la obra pasa siempre por el costado, porque entendí que primero la obra
llega distinto en tiempo que yo. Si tenés claro que la obra exige el espacio y se coloca
sola y solamente sos el canal o el gestor de esa cosa que es invisible al volumen que
queda ahí. Si vos te colocás en ese lugar de fletero, la cosa marcha bien”.
"En definitiva, nada se muere, todo se transforma”. Alejandro Marmo
-¿Tuviste algún referente en tu vida que te haya marcado?
“Mis padres seguramente, pero por esta cuestión de resiliencia. Mi viejo fue laburador
metalúrgico, mi vieja aparadora de zapatos. Y después, obviamente, estar al lado de
personas que te alumbran en todo sentido, con sus oscuridades también; que te hacen
ver que la realidad no es lo que vos ves, sino es siempre relativa la realidad.
Obviamente, a Francisco no lo puedo pasar por alto. Pero me enseña mucho más
vincularme con una realidad que admiro que es al tipo o a la mujer que sale a la
mañana, mantiene a su familia, no lo conoce nadie, no sale en ningún lado”.
¿Y cuál de tus obras te conmovió más y por qué?
“La gran obra para mí fue compartir con mis hijos. El trabajo, por ejemplo, en el pueblo
natal de mi viejo en Italia; allí dejé una obra. Llevarlos a que conozcan su historia. Más
que las obras que quedan son las experiencias para mí las que te llenan el equilibrio de
todas tus emociones. No el ego, solamente el reconocimiento artístico. Lo compruebo con el
material, que estaba abandonado, tirado y de pronto termina en un lugar
de máxima visibilidad, prestigio, elitista. La vida es eso para nosotros también.
Entonces, la transformación del descarte, lo que me dio -y lo que me parece que me
hizo ver, con todos los procesos- es que le gana al ego de la muerte porque en definitiva
nada se muere, todo se transforma”.
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Crédito fotos: Seba Klein