ENTREVISTA
Hay fotos que capturan un instante y, en cambio, otras abren una ventana hacia la
eternidad de su propio significado. En el marco del Día de las y los Fotógrafos, UTEDYC
conversó con Rodrigo Abd, reconocido reportero gráfico con una capacidad tan humana
como única para componer imágenes y acercarnos a otras personas, historias y realidades.
Su extensa trayectoria lo encuentra en lugares donde sucedieron los principales conflictos y
acontecimientos de las últimas décadas: crisis de refugiados en Afganistán, éxodo masivo y
crisis humanitaria en Haití, guerra civil en Libia, la guerra narco en México, entre otros
escenarios. Su trabajo fue reconocido con dos premios Pulitzer, obtenidos junto a colegas
de diferentes países por la cobertura de la guerra civil en Siria y de la invasión rusa a
Ucrania.
El vínculo de Abd con la fotografía comenzó después de terminar el secundario, durante un
viaje por distintos lugares del norte argentino, Bolivia y Perú. Una cámara que pertenecía a
su madre se convirtió en una herramienta que le permitió unir la fotografía y el periodismo.
Aquella experiencia hizo que descubriera otras culturas y formas de vida que excedían su
barrio de Adrogué, en la zona sur del conurbano bonaerense. Durante el reportaje, Abd
reflexionó sobre el oficio, los riesgos de trabajar en la calle, la responsabilidad frente a
quienes son fotografiados y el desafío de encontrar humanidad incluso en los escenarios
más dramáticos.
-¿Qué buscás a través de las imágenes?
-“Mi búsqueda es siempre contar historias y momentos que puedan sensibilizar a otros. Que
puedan llegar a un público que no está ahí y que no está poniendo el cuerpo como yo; es
poder transmitir eso que siento, para que tengan una visión distinta de lo que nos pasa. Lo
extraordinario de la fotografía es que es un idioma global. Alguien que está en Nepal o en
Francia puede mirar una imagen y sentir lo mismo que una madre o una familia en La
Matanza”.

-¿Qué rol tienen el sentimiento y la razón en la fotografía?
-“La fotografía transforma la vida de la gente, de los colectivos y de muchos procesos
sociales. Hay imágenes que impactan y que pueden acelerar procesos, como la del 20 de
diciembre en la Plaza de Mayo (2001), del Mayo francés, de Vietnam, de la invasión a Irak,
de los asesinatos en Gaza, de los bombardeos indiscriminados en Siria. Pero también pueden
mentir y distorsionar la realidad. Los reporteros y reporteras debemos tratar de afianzar que
la fotografía sea un aporte; no va a cambiar el destino del mundo ni de la humanidad, pero
sí puede contribuir a interpretar la realidad, generar conciencia y mostrar cosas que quizás
no teníamos tan claras. Puede ser un documento de denuncia, de información o incluso una
herramienta para una causa judicial”.
-Estuviste en escenarios de guerra y en situaciones de enorme peligro. ¿Cómo te llevás
con el riesgo?
-“Estuve en Afganistán, en las guerras civiles en Siria, en puebladas en Haití y en la guerra
narco en México. Sin embargo, el año pasado estuve en el Congreso y un chorro de agua de
un carro hidrante de la Policía de la Ciudad me rompió el tímpano. No importa dónde hayas
estado: el peligro en el trabajo que hacemos está a flor de piel, en todos lados. La
experiencia no te va a salvar de que mañana tengas un problema. Somos vulnerables y cada
vez tenemos que ayudarnos más entre colegas en la calle, cuidarnos las espaldas. Tenemos
una profesión de riesgo. Tengo amigos que perdieron una pierna, una compañera asesinada
en Afganistán”.
-Pablo Grillo casi pierde la vida también… ¿Alguna vez, durante una cobertura, pensaste
‘¿qué hago acá’?
-“Muchas veces. En Siria, por ejemplo, estaba en el frente de la ciudad de Idlib, con
milicianos rebeldes combatiendo contra el ejército de Ásad. Las cosas transcurren y
cambian muy rápido a veces, se van de control y uno está ahí… También recuerdo estar
subiendo de noche a un helicóptero militar estadounidense en una montaña de Kandahar
para ir a una misión de turno, o estar en Haití presenciando el asesinato de policías. Pero
también hay momentos extraordinariamente lindos: el recibimiento de millones de
argentinos a la Selección después del Mundial de Qatar, fiestas populares o, en el medio de
una guerra, actos muy humanos de personas que ayudan a otras”.
-En muchas de tus fotos aparece justamente una escena de humanidad en medio del caos:
un niño que sonríe, alguien que juega…
-“También quiero mostrar eso. Dentro del drama hay mucha humanidad. Hay gente que deja
la vida ayudando a otros y diversas instituciones que hacen mucho por los demás. La vida es
compleja: no es todo blanco y negro; ni todo muerte, ni todo vida. Uno de nuestros trabajos
es contar las historias con todos sus matices, con profundidad y con las distintas capas de
sentido”.

-Cuando vas a esos lugares de tragedia, ¿dónde te hospedás y cómo es el día a día?
-“Cada cobertura tiene su dinámica. A veces estás en un hotel cinco estrellas yendo a una
cumbre de presidentes y, en otra, te quedás en la casa de una familia, estás ahí, escuchás los
diálogos y necesidades... En Maracaibo, Venezuela, decidí vivir en la casa de ‘Pocho’, un
pescador, y compartir la vida con su familia. Aportaba con la comida porque sabía que
estaban en una situación muy dramática en materia económica y salía a pescar con ellos. Así
pude entender cómo sobrevivía una familia venezolana en medio de un contexto muy difícil.
Estuve un mes allí, sin electricidad, en un lugar donde hay una enorme actividad petrolera. A
mí siempre me gustaron más las historias del barro, estar con la gente y convivir con los
fotografiados. Es un trabajo duro, porque no tenemos feriados ni fines de semana, pero es
extraordinario porque me permitió conocer mundos, países, familias y personas que nunca
hubiese conocido de otra manera”.
-Después de haber fotografiado tantas guerras, ¿hay alguna imagen que decidiste no
hacer y todavía recordás?
-“Me acuerdo de una masacre entre pandilleros en una cárcel de Guatemala. Había cuerpos
apilados y mutilados. Uno trata de hacer fotos que cuenten la historia, pero también hay
imágenes que no manda porque siente que, más allá de la crudeza, no contribuyen en nada.
El límite es preguntarse qué puede aportar esa foto. Y después está el respeto por quien
está siendo fotografiado. Si una familia me dice que no quiere, bajo la cámara. Así como a
veces la gente o un grupo político necesita que vos estés ahí porque sos parte de visibilizar
una problemática… también ser una incomodidad para los gobiernos y ahí no me preocupa
tanto porque es parte del juego que tenemos entre el periodismo y el poder”.
-¿Qué cambios te produjo la paternidad al momento de ir a cubrir una guerra o crisis
social?
-“Creo que uno se vuelve más consciente de la esencia y de la fragilidad del ser humano.
También aparecen otras responsabilidades. Durante años mi hija me preguntaba por qué me
iba. No era fácil explicarle a una criatura por qué el papá se iba a trabajar. Con el tiempo fue
entendiendo que esto no es solamente un trabajo, sino una forma de vivir y de relacionarse
con el mundo. Ella fue creciendo rodeada de imágenes, de fotógrafos y de historias.
También es muy consciente de los momentos políticos que en este país son bastante
difíciles”.
-¿A qué le tenés miedo?
-“A los aviones chicos… Pero también a perder las energías, el entusiasmo y el interés por
contar lo que nos pasa. A perder las fuerzas necesarias para enfrentar constantemente
realidades que muchas veces son adversas. Es difícil ponerle el cuerpo a tantas crisis. Yo me
fui de la Argentina en 2003, después de años de recesión, desempleo y crisis. Estuve casi
veinte años recorriendo distintos países y regresé en 2021 a un país que también atravesaba
una situación difícil. Lo que me da miedo es perder el entusiasmo por seguir intentando
interpretar una realidad dura”.
-¿Qué sentimientos te genera ver tus propias fotos?
-“A veces pienso: cuánta vida. Me da alegría pensar que estuve aprendiendo de tantos
momentos que me hicieron crecer como ser humano. Creo que, a través de esas fotos, soy un
tipo más consciente, con una visión del mundo un poco más amplia y más compasiva. La
fotografía me permitió ponerme en la piel del otro, juzgar menos y tratar de entender más
por qué alguien hace lo que hace. Puede ser un médico rural en Jujuy o un policía en Tijuana.
Creo que quitarse prejuicios y tratar de entender qué le pasa al otro permite mirar el mundo
de una forma un poco más humana”.
-¿Qué atributos o cualidades debe tener un buen fotógrafo?
-“Para mí, la más importante es la empatía. Es quitarse los prejuicios históricos para poder
relacionarse con los demás. También hay que entender que la fotografía es un aporte para la
sociedad y respetar al otro, teniendo humildad frente a una herramienta (la cámara) que
puede ser muy poderosa”.
-¿Qué consejo o recomendaciones les darías a las nuevas generaciones que se apasionan
por la fotografía?
-“Hoy la tecnología hace que sacar fotos sea fácil. Por ese motivo, ya no hay que prestar
tanta atención a lo técnico. Lo más importante es la visión de cada fotógrafo: qué
interpretación original, inteligente, profunda y humana puede tener sobre lo que nos pasa.
Hay que leer historia, antropología, ser un poco sociólogos, estar en la calle, hablar con la
gente e investigar. La buena foto va a venir después de todo eso: después de leer, de conocer
lo que otros fotógrafos hicieron sobre un tema y, finalmente, de encontrar una
interpretación personal sobre lo que está pasando”.
















