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En diciembre de 1981, Aldo Leiva vivía con sus nueve hermanos en General San Martín, provincia de Chaco. Como hijos de pequeños campesinos, la familia se sustentaba de lo que producía su propia tierra. “Era un estudiante que terminaba la secundaria, que tenía sueños, que tenía proyectos para poder estudiar, para poder ser alguien en la vida”, recordó el excombatiente y actual diputado peronista por la provincia del Chaco.

¿Qué tipo de sueños tenía antes de ir a la guerra?
En ese entonces fantaseaba mucho con ser periodista, pero también era consciente de la situación económica. Después fui mutando; a medida que iba viendo la realidad, pensaba una profesión que permita costearme un alquiler y un montón de situaciones. Cuando salgo sorteado para el servicio militar, me dije ‘bueno, voy a tener la posibilidad de poder hacer carrera ahí’. Después de la guerra, todos esos proyectos quedaron en el olvido.

¿Se acuerda cómo le comunicaron que tenía que ir a la guerra?
Sí. El 31 de marzo de 1982, íbamos a tener licencia para visitar a nuestros familiares. Pero cuando llegamos a la estación del ferrocarril, nos dijeron que no había pasaje. Entonces volvimos al cuartel. No sé qué explicaciones nos dieron y el día 2 de abril nos encontramos con la noticia de que se habían recuperado las Malvinas. A partir de ahí hubo todo un proceso de alistamiento. De hecho, en principio se había dicho que la clase 63 (su año de nacimiento) no iba a ir. Pero había toda una efervescencia, todo el mundo quería ir. Eso fue muy raro. El 14 de abril viajamos a Entre Ríos, después a Comodoro Rivadavia, de ahí a Río Gallegos, donde estuvimos unos días, y hacia fines de abril nos encontramos pisando las Malvinas.

¿Qué sabía sobre las Islas Malvinas antes de viajar?
Lo poco que enseñaban en la escuela primaria y secundaria. Cuando estaba prestando servicio pensaba ‘ojalá que me toque ir a algún lugar lejano a mi provincia para conocer otros lugares’. Pero lo que nunca me imaginé era que me iba a tocar tan lejos y en una situación tan extrema.

¿Cuál era la sensación al pisar Malvinas?
Íbamos a un destino al que no sabíamos qué podía pasar. Nos encontramos con una enorme improvisación, sin logística, sin comida, absolutamente nada. Y allí uno empezó a percibir que nos estábamos metiendo en un callejón del que no sabíamos si íbamos a poder salir. Esa era la sensación que se iba transmitiendo. Nosotros llegamos a la noche, dormimos a cielo abierto, bajo llovizna, espalda con espalda para poder cubrirnos del frío. Al otro día nos levantamos y toda mi alimentación fue una manzana y una latita de Paso de los Toros. Y ahí empezaba el desplazamiento. Llevábamos sobre nuestra espalda unos 25 kilos, que era todo el equipamiento y el armamento. Y en una situación climática totalmente diferente a lo que era Corrientes o Chaco. Y a eso se le agregan las irregularidades propias del terreno de la Isla. Subir, bajar, terreno barroso, todo. Desde ese momento supimos que era una situación muy compleja.

¿Cada cuánto piensa en Malvinas?
Siempre. Creo que es imposible haber vivido esa situación y no pensar prácticamente todos los días; siempre aparece en mi memoria. Para lo bueno, para lo malo, para lo lindo, para lo feo, pero siempre aparece, está presente.

¿Qué aspectos logró rescatar de la guerra?
Trato de ser optimista. Una de las cosas que me dio la guerra fue haber aprendido a valorar la vida. Rescato la solidaridad entre los soldados y oficiales y suboficiales jóvenes. Rescato la solidaridad en el sentido de que eso se fue convirtiendo prácticamente en una hermandad que perdura hasta el presente. Nosotros nos encontramos entre varios de los que estuvimos allá y pareciera que fue ayer. Bueno, nos duele lo mismo desde el tiempo, nos reímos de las mismas cosas, nos acordamos de las mismas situaciones que nos tocó vivir. Rescato el colectivismo. Como solemos decir, ‘solo no se salva a nadie’. Y, de hecho, la experiencia de la guerra me permitió corroborar que efectivamente es así porque lo viví.

¿Por qué el título del libro que narra sus vivencias escrito por Edgardo Esteban se llama “Hasta aquí llegue” ?
Sintetiza la situación límite que me tocó vivir, donde estuve a un paso de quitarme la vida. Fue una noche de frío, de hambre, de dolor, de frustración, de depresión y me había apartado del grupo. Fui alejándome. Estuve sentado en una piedra y dije, bueno, ‘hasta aquí llegué’, que significaba cargar el fusil y descargarlo. Pero algo hizo que no lo hiciera. Y, a partir de ahí, me aferré mucho a la fe; yo creo muchísimo en Dios. Hasta el día de hoy hay cuestiones que me aparecen y que siempre me digo, ¿cómo no voy a superar esto si superé aquello?

En el libro usted habla de “la juventud argentina que combatió en Malvinas”…
Porque en ese entonces los oficiales y suboficiales eran todos jóvenes, los que estaban con nosotros. Porque sería injusto separar soldados de oficiales y suboficiales jóvenes; los que brillaron por su ausencia y que se borraron fueron los altos mandos. Estábamos prácticamente librados a nuestra suerte. De hecho, entendimos que, más allá de las jinetas, nos necesitábamos entre todos.

¿Y cómo fue el regreso?
El regreso fue con la cabeza baja, con mucho dolor. Recuerdo como si fuera hoy, a (Mario) Menéndez que era el gobernador militar de la Isla, que ordenó lo que ellos llamaban la capitulación, que no era otra cosa que rendirse.

Pasaron 44 años de Malvinas, ¿cree que los veteranos fueron debidamente reconocidos?
Hubo deudas históricas que nunca se saldaron. Cuando volvimos de las Islas (Malvinas), nos hicieron un lavado de cerebro más que interesante. Nos dijeron que había que alimentarnos bien, que teníamos que estar lo mejor presentable posible desde el punto de vista físico y psíquico, pero también nos decían que la cuestión de la guerra no había que hablar porque poníamos en juego el patriotismo y no solamente eso; después los mismos militares de entonces nos hicieron sentir culpables de la derrota. Fuimos con 19 años, nos cagamos de hambre, de frío, de dolor, de todo lo que significa una guerra y después cuando perdemos, los culpables son los soldados, no los que decidieron la guerra. Los que deciden la guerra no pelean, ni mandan a su hijo al campo de batalla, están cegados por ambiciones inconfesables; en el caso nuestro, (Leopoldo) Galtieri y, en el caso del Reino Unido, Margaret Thatcher.

El año pasado volvió a las islas, ¿qué le generó el reencuentro con ese territorio?
Fue como dejar una mochila que llevé durante 43 años. Pude llegar hasta mi posición; fue un momento de quiebre emocional muy fuerte, de rendir homenaje a los 649 muertos que están ahí. Siempre digo los 649 simbólicos, porque hay 300 que están en el mar, de quienes nunca se recuperaron los cuerpos, después otros tantos que quedaron y las cientos tumbas que están ahí en Puerto Darwin. Pude ir a rezar, a rendir homenaje a mis camaradas que son los únicos y verdaderos héroes porque dieron su vida por la patria, pero también los héroes son sus familiares. Ustedes se imaginan lo que debe ser para ese papá, esa mamá, ese hermano, que un día su hijo salió, se fue, ¿por qué? Porque era obligatorio, y nunca más volvió. Nunca más supo nada, nunca nadie le pudo explicar mínimamente por qué pasó eso, y ese dolor persigue a esa familia.

¿Qué es Malvinas para usted?
Malvinas es lo nuestro, es la patria, es lo que nos pertenece y que, por la fuerza, nos quitaron. Y como si con eso no alcanzara, nos mataron a 649 pibes, entonces creo que hablar de Malvinas significa, simplemente, hablar de la patria en la máxima expresión.


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