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Pantallas, infancia y cuidados:
una conversación necesaria

Entrevista a Alejandra García Martínez sobre consumo problemático de tecnologías en niñas, niños y adolescentes


Durante las vacaciones, niñas, niños y adolescentes suelen estar más expuestos al uso de pantallas, en muchos casos porque madres y padres continúan trabajando y necesitan resolver el cuidado diario. Si bien la tecnología forma parte de la vida cotidiana, un uso excesivo y sin acompañamiento no es saludable, ya que puede afectar el descanso, la socialización, el juego y el desarrollo cognitivo y emocional.


—Las pantallas están en todos lados. ¿Cuándo empezó a verse que eso podría generar consecuencias?

El uso de dispositivos con pantalla es una de las marcas más fuertes de nuestra época. En paralelo a esa omnipresencia, comenzaron a observarse ciertas conductas, estados emocionales y manifestaciones en niños, niñas y adolescentes que llamaron la atención de escuelas, familias y profesionales de la salud. A partir de ahí se iniciaron investigaciones para ver si existía una relación entre ambas cuestiones, y hoy esos estudios están bastante avanzados.


—¿Qué muestran esas investigaciones?

Muestran que el acceso precoz, ilimitado y no regulado a las pantallas puede tener efectos nocivos en el desarrollo. En escuelas y consultorios se detectan cada vez más casos de ansiedad, déficit de atención, frustración y signos de depresión en niñas/os en edad escolar. Muchas especialistas coinciden en que algunos diagnósticos —como ciertos cuadros de déficit atencional o incluso dentro del espectro autista— podrían estar vinculados a estos consumos digitales tempranos y no necesariamente a una causa genética o neurológica de base.


—Se habla mucho de “consumo problemático de tecnologías”. ¿A qué se refiere ese concepto?

El consumo problemático de tecnologías implica un uso no controlado, compulsivo, desbordado y no regulado. Es un consumo que afecta distintas esferas: la subjetividad del niño o la niña, la dinámica familiar y también lo social, incluida la escuela. Y si bien puede atravesar a todas las edades, los más expuestos son los niños, niñas y adolescentes.


—¿Cuáles son algunos de los puntos clave para entender este fenómeno?

Hay varios. Uno es la gamificación del ocio: el tiempo libre, el tiempo de espera, las vacaciones o incluso el aburrimiento son vividos como espacios vacíos que hay que llenar rápidamente, y ahí las pantallas aparecen como la solución inmediata. Otro punto central es la ausencia de tareas de cuidado en internet. Niños y niñas no pueden autorregular el uso de plataformas; las personas adultas muchas veces están agotadas, colapsadas o atrapadas en sus propios consumos y les cuesta sostener límites; y las empresas tecnológicas diseñan productos para capturar la mayor permanencia posible en la red.


—¿Qué efectos concretos puede tener esto en el desarrollo infantil?

Los efectos son múltiples: dificultades en el desarrollo de la corteza prefrontal, problemas en la construcción de la subjetividad, hiperactividad, ansiedad, déficit de atención y retrasos en distintos hitos del desarrollo. Hablamos de motricidad fina, habilidades sociales, juego simbólico y también del lenguaje, tanto verbal como no verbal. No se trata de demonizar la tecnología, sino de entender que sin límites y sin acompañamiento, el impacto puede ser serio.


—Hoy las personas adultas parecemos estar “entre dos mundos”. ¿Cómo impacta eso en nuestra relación con las tecnologías?

Vivimos una situación particular: estamos pivoteando entre un mundo analógico que conocemos y un mundo digital que todavía no comprendemos del todo. Frente a ese mundo digital aparecen dudas, temores, prejuicios y muchas preguntas que no siempre sabemos cómo formular. Sin embargo, educamos y acompañamos a niñas, niños y adolescentes naturalizando las prácticas digitales, como si el uso de pantallas fuera un saber inherente a las nuevas generaciones, casi algo innato. Esa creencia es uno de los principales problemas.


—¿Por qué resulta tan problemática esa idea de que “los chicos nacen sabiendo usar el celular”?

Porque nos deja, como adultos, en un lugar de corrimiento. Atribuimos a niñas, niños y adolescentes un saber subyacente que no comprendemos y eso nos despoja de nuestra capacidad de intervención. Bajo esa idea errónea, muchas veces los dejamos recorrer los territorios digitales de manera prematura y en soledad, sin acompañamiento, sin límites y sin tareas de cuidado claras.

—Entonces, ¿cuál es el rol que deberíamos asumir?

Recuperar el lugar de responsabilidad. Las pantallas no educan solas ni son neutras. Acompañar, regular, poner palabras, poner límites y ejercer tareas de cuidado también en el mundo digital es una obligación adulta. No podemos corrernos del rol creyendo que “ellos saben”. Los niños y niñas no necesitan más tecnología: necesitan personas adultas presentes, disponibles y convencidas de que su intervención es necesaria.


—Concretamente ¿qué podemos hacer hoy?

Es importante promover alternativas recreativas, el acompañamiento adulto y espacios que garanticen un tiempo libre más activo, seguro y equilibrado. Lograr acuerdos sobre el uso de las pantallas en familia, por ejemplo, en las comidas. Ser ejemplo, no usar el celular cuando estamos con ellas/os. Porque no es lo que decimos, es lo que hacemos. Si estamos presentes y las/os miramos y jugamos y leemos o proponemos alternativas a la pantalla estamos generando hábitos saludables de escucha, empatía, comprensión.

El uso problemático de las pantallas impacta especialmente en el desarrollo del lenguaje, que se construye fundamentalmente en la interacción con otras personas. La palabra, la escucha, los gestos y las miradas compartidas son irremplazables para aprender a comunicarse. Recuperar esos espacios de intercambio cotidiano es clave para que niñas, niños y adolescentes se sientan miradas/os, escuchadas/os, puedan reconocerse en el vínculo con otras personas y fortalecer su identidad y su capacidad de expresión.


Alejandra García Martínez

Alejandra García Martínez

Educadora dedicada al asesoramiento y capacitación en Instituciones Educativas, desarrollo de nuevos proyectos educativos en todos los niveles. Especialista en niñez, género y Derechos Humanos. Actualmente se desempeña como Jefa del área Grupos Vulnerables de la Defensoría del Pueblo de la Nación.
Contacto: alesajora@gmail.com